miércoles, 13 de octubre de 2021

Un suceso desgraciado en la iglesia de Santo Domingo el Real de Madrid.

 


Cinco monjas de clausura de diferentes congregaciones.

Un suceso espeluznante en la iglesia de

Santo Domingo el Real de Madrid

Durante el Renacimiento, en Madrid, como ciudad atareada, en formación y consolidación que era, se sucedieron un montón de acontecimientos, bien raros o jocosos, que  perturbaron la vida metrópoli y llenaron de murmuraciones esquinas, corrales, bodegas, iglesias, conventos, mesones, mercados,…y yo que se cuantos lugares más.

Referiré uno que puso los pelos en cresta a todos los lugareños que sucedió en la magnífica iglesia y monasterio de Santo Domingo el Real de Madrid.

Veamos la importancia del cenobio.

A fines del siglo XIV, Enrique II de Trastámara tomará bajo su protección el monasterio con objeto de devolverle el prestigio a su linaje que había quedado muy deteriorado en las guerras entre Pedro  I .

Pedro I de Castilla, sucumbe en los Campos de Montiel, a manos de su hermanastro Enrique II de Trastámara mientras que el traidor Bertrand du Gesclin le sujeta.

Provee largamente a las monjas de lo que necesiten y lo dota de todo tipo de bienes en cierta medida, el asesinato por parte del rey legal, Pedro I.

Todos los reyes y reinas así como personajes de alcurnia se vincularon al cenobio y a las preladas que en él vivían. De esta forma la genealogía Castilla  quienes fueron reyes de Castilla hasta la muerte de Don Pedro I recibieron una brizna de prestigio que, con el tiempo y a fuerza de donaciones , ventas y traspasos de propiedades y títulos, retomaron cierta popularidad en la Villa. 

Esta fama les proporcionó algún realce pero jamás recuperaron la solera e importancia de antaño, quedando como en una especie de linaje municipal que hacia negocios por aquí y por allá y no faltaba en los fastos de los nobles y la Corono.

La Casa Real quedó vinculada de este modo, de manera firme, al convento como emblema de la estirpe, comprometiéndose a proveerlo y dotarlo siempre que fuera necesario.

De esta manera el cenobio creció en prestigio y donaciones, convirtiéndose en el más notable de la Villa.





Fachada lateral del convento muy deteriorada en el siglo XIX.

Sucedió unos años después que, doña María Zapata de Cárdenas del linaje de los Zapata de Carabanchel, una rama segundona, casada con un familiar directo de Don Pedro I de Castilla, llamado el Cruel, encontró se algo indispuesta con mareos, calentura y algún vómito.

Un par de días después, en 1541 con 20 años cumplidos, doña María sucumbió.

Su esposo, Juan de Castilla, hijo de Alonso que se hallaba fuera de la Corte por negocios.  

La familia de su marido había construido una capilla en la cripta de Santo Domingo el Real de Madrid, para enterramiento de su linaje y ante la situación y a la vista de que carecía María de Cárdenas de sepultura alguna,  decidieron inhumarla en dicha capilla lo más rápido posible.

Una vez realizadas las devociones y demás sufragios, el cortejo salió de la cripta y cerraron la puerta con llave, dando por finalizado el sepelio, alejándose de la iglesia.

Pocas horas más tarde la señora de Cárdenas despertó.



Las criptas eran habituales en las iglesias medievales y
Modernas. Llenas de tumbas de los deudos del 
linaje, se acumulaban durante siglos. Pedro I  de Castilla
fue depositado en el centro de la sala tras retirarlo de la arquería
de la nave central.

Presa del pánico, rompió como pudo la tapa, que no era muy segura, salió de la sepultura, encontrándose, como boca de lobo rodeada de sepulcros, acompañada de otros tantos difuntos.

Como entraba un ligero rayo de luz, acertó a encontrar la pares y, desde allí, se dirigió a la puerta e intentó abrirla infructuosamente.

La señora de Zapata y Cárdenas entendió la situación y comenzó a chillar, despavorida en busca de socorro.

Esa misma noche, en el silencio más absoluto y la total oscuridad de la tumba, la de Cárdenas había dejado de gritar ante el ruido de pasos lejanos.

Eran las monjas que se dirigían al coro de maitines.

María aprovecharía la ocasión para volver a pedir auxilio.

Las religiosas oyeron los lamentos estremecidos.

Más tarde estuvo dando golpes y patadas en la puerta que retumbaron en todo el templo.

  • Monjas de distintas confesiones, entre ellas, dominicas de hábito
  • blanco y velo negro al inicio de la escalera.


Las monjas quedaron paralizadas y aterradas con esos estampidos y estruendos que se repetían por la casa en virtud del eco.

Parecían venir de los arcos de la bóveda de la capilla mayor y tronaban fantasmagóricamente como si un alma en pena aporreara las paredes, en busca de consuelo, por la cripta.

Paralizaronse los cánticas y las monjas salieron disparadas lo más lejos que pudieron, permaneciendo la noche entera en vela dentro del primer dormitorio que encontraron.

Estuvieron rezando, pasmadas de terror, toda la noche.

A la mañana, los gemidos y lamentos volvieron a tronar. Las monjas no cesaban de rezar y llorar y los golpes eran más fuertes y continuados. Dispusieron las profesas que permanecerían en un solo dormitorio el día entero y la noche, orando sin parar.

A la tarde cesó el griterío y las religiosas creyeron que el espíritu se había calmado.

Pero, poco después, se reanudaron lo lloros y quejidos y las reverendas, que, había salido temblorosas, del cuarto, se volvieron de estampida al dormitorio.

Transcurridos unos días, los llantos terminaron y las pobres preladas dieron las gracias a Dios por ello.

Transcurrido un tiempo más o menos corto regresaron a sus quehaceres con las caras descompuestas e incapaces de articular palabra, para intentar olvidar el escalofriante acontecido.

Tres meses después los dueños de la capilla donde habían depositado a María hicieron uso del enterramiento y, cuál sería su sorpresa cuando encontraron el cadáver de la de Cárdenas, tirado junto a la puerta.

María debía ser diabética y tuvo una bajada de azúcar lo que le produjo un terrible desmayo o coma diabético que la dejó como muerta, inconsciente y pálida como si estuviese muerta.

Se lo que es.

Sin comprobar la situación de la señora y ante las prisas por volver a sus asuntos, la metieron en un ataúd tras amortajarla sin preocuparse de más.

Don Juan, su marido, al enterarse de lo sucedido, montó en cólera y casi lía una masacre entre sus familiares, a los que llamó de todo.

Por eso se velan los difuntos como mínimo 24 horas, para evitar cosas como estas y luego se comprueba varias veces el aliento con un espejo.

La pobre señora pagó con su vida la incompetencia de sus parientes y la torpeza de las monjas que bien podían haber llamado al confesor o al cura que las auxiliaba para pedir ayuda.

Descanse en paz, María, a los 20 años.

 

 

 

 

 

 

 

Bibliografía:

  • Ø  Los cargos eclesiásticos y religiosos como estrategia de recuperación del poder de los descendientes de Pedro I de Castilla. M. Estela GONZÁLEZ DE FAUVE - Universidad de Buenos Aires. 2001.
  • Ø  40 linajes madrileños. José M. Castellanos Oñate.
  • Ø  Sepulcros de la Casa Real de Castilla. Ricardo del Arco y Garay. 1954.
  • Ø  Enterramientos regios en Castilla y León. Fernando Arias Guillén. 2015.
  • Ø  Memoria histórico-descriptiva del Monasterio de Santo Domingo el Real en Madrid. José María de Eguren. 1850.
  • Ø  Madrid en la documentación de Santo Domingo el Real. Isabel Pérez de Tudela y Velasco. Universidad Complutense.
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