LA FIESTA EN EL MADRID DE LOS SIGLOS
XVI
Y XVII (2)
UNA
BUENA JUERGA LO CURA TODO.
Puestos callejeros con motivo de las fiestas.
En esta segunda parte
explicaré los elementos utilizados en los juegos festivos y que tanto gustaban
a los madrileños. He de decir que estos y aquellos eran un poco brutos en
algunos casos.
En el siglo XVII, con la
plaza Mayor terminada, la celebración más esperada eran los toros que se
festejaban siempre el primer día a primera hora de la mañana.
Antes de tan entretenido
suceso ya se habían instalado puestos de dulces, rajas de melón y sandía,
buñuelos aceitosos, naranjas, gallinejas y entresijos y cualquier cosa capaz de
ser devorada por la gente.
Los toros se traían
habitualmente, desde Segovia.
No olvidemos que Madrid
era Segovia en aquellos agitados momentos.
Se corrían alrededor de 9
animales en un ruedo de maderas bastante poco de fiar, con gradas. Los bichos
esperaban en unos corrales desde la noche anterior. Lo normal es que se instalaran en
descampados, lejos de la ciudad hasta que la Pza. Mayor estuvo terminada de
hecho, la primera prueba de utilidad de la plaza fue una pequeña corrida que se
celebró en 1609 y que restó óptima para el asunto.
El toreo se hacía a
caballo y eran los nobles de la Corte quienes lidiaban a las pobres bestias.
entre las 9 de la mañana y las 8 de la tarde con varios descansos para
limpiar los despojos. En ellos se vendían dulces y chuchería así como
se rifaban objetos.
Para ello juntaban una
cuadrilla de un montón de individuos a pie que auxiliaran al rejoneador, ya
veremos cómo. Todos iban uniformados con todo lujo a la moda, lazos incluidos,
llevaban picas y antes de empezar hacían un paseíllo de lo más vistoso. Por lo
que he visto, solía haber entre 4 y 6 cuadrillas que lucían una divisa que
identificaba a una dama.
Veamos a continuación a
uno de los lidiadores que gozó de gran fama: el Conde de Villamediana.
Don Juan de Peralta y
Tassis había corrido todos en muchas ocasiones y sus faenas eran aclamadas y
comentadas (como no) por los aficionados.
En cierta ocasión y como
tenía por costumbre, dando la nota, tuvo la desfachatez de lucir como divisa
una flor de lys en plata y azul, identificación de la Reina Isabel de borbón,
que presenciaba la corrida en el palco de la Casa de la Panadería. Villamediana
y sus compañeros iban decorados en azul y plata, la mar de monos para cachondeo
del público y cabreo del rey Felipe IV que veía nacerle dos tiernos
cuernecillos.
La cosa acabó fatal para
Villamediana y los toros que acabaron en la cazuela de caldereta para común
reparto.
Cuando la Corte marchó a
Valladolid en 1601 la ruina de Madrid fue tal que sólo pudo celebrarse la
fiesta de San Juan con muy pocos toros y rejoneadores lo que demuestra que hay
que pensarse mejor las cosas.
Ya os la contaré más
adelante.
Los festejos no seguían un
orden pero más o menos ya se sabía lo que tocaba.
Los siguientes en gusto
por la gente eran los caracoles.
¡No, no son los bichitos
babosos haciendo figuritas y saltos de circo!
Lo que faltaba.
Se trataba de ejercicios
de doma ecuestre ejecutados por uno, dos, tres y más caballeros que hacían las
delicias de la concurrencia con cabriolas y piruetas.
El gremio de joyeros,
alojados en la iglesia de San Salvador, financiaba un tablao con varias obras
de teatro de pequeña escala de los mejores autores. El teatrillo se instalaba
en la Puerta de Guadalajara y funcionaba solo cuando había luz.
Canciones, poesía, danza, coplas,…
se desarrollaban por doquier.
Algunos nobles financiaban
cerdos, corderos, pavos, … que se asaban y se repartían.
Esta práctica hacia que lo
menos favorecidos pudieran comer decentemente los días que durase la fiesta. No
es que valga mucho pero, en un momento histórico en que comer todos los días y
suficientemente era un hecho sorprendente, comer caliente y de más o menos
calidad, era en sí una fiesta.
Las clases más elevadas
practicaban una dieta enloquecida, llena de grasas, dulces, vinos, guisados, …
y todo lo que pudieran coger, en cantidades industriales. Las mesas de los más
ricos rebosaban pollos, cerdos, faisanes, natas, cremas, bollos, arroces, … a
veces hasta 15 platos diferentes de los que se elegían 4 o 5 y se comía una
parte el resto pasaba de nuevo a las cocinas y se destinaba a los gajes del
servicio.
En la mesa real se hacía
idéntico.
De ello, gajes incluidos
os hablaré más adelante.
La gente campesina
consumía básicamente pan de registro que era el que le facilitaba el concejo a
bajo precio y con un peso controlado.
Las fiestas suponían
agregar al con sustancia.
Por lo general estos
campesinos, si eran propietarios de tierras o las tenían alquiladas a señores,
tomaban una comida al mediodía. Se trataba de la famosa y mal llamada “Olla
podrida”.
Este nombre es una corrupción de la denominación “Olla poderida” que significa “olla poderosa” y que era un guisote con algún hueso, carne de baja calidad, nabos, garbanzos si había, y otras verduras. Se dejaban cocer en una olla de barro, toda la mañana y se tomaba el caldo con pan mojado y los tropezones de morcilla, verdura, tocina, ... etc.
se ponen alubias.
Si quedaba algo se cenaba.
Si quedaba pan, al día
siguiente se desayunaba mojado en un vino carrasposo y avinagrado pero que
proporcionaba las calorías necesarias.
No todo el mundo podía
permitirse tres comidas y lo normal era una sola, de pan, de olla o de vino. Además se observaba la jerarquía
alimentaria: primero comía el cabeza de familia; los segundos eran los hijos
varones mayores de 8 años que podían trabajar; luego las mujeres y por último,
si quedaba algo, las niñas mayores o pequeñas.
Así que si lograban agarrar algo sin ponerse a
la cola, allí que iban lanzados.
Otros juegos que les
encantaba y es que eran unos burriquinos de cuidado, eran los estafermos y las
cañas.
Los estafermos eran una
práctica medieval que se conservaba.
Consistía como muchos
sabréis, en un palo vertical de gran tamaño con otro horizontal que incluía al
final, en un lado un escudo pequeño y en el otro una bola de acero. Los
competidores pasaban a galope y le atizaban al escudo con una lanza y salían
corriendo para que no les pegara la bola.
El siguiente juego eran
las Cañas.
También se trataba de una
práctica medieval en que cuatro cuadrillas vestidas con divisas que les
identificaba, se colocaban en las esquinas de un terreno cuadrado. Armados con
lanzas cortas y a caballo por lo que se puede descifrar la categoría social de
los jugadores, también exhibían la divisa de su dama, de una orden religiosa o
de un lugar. A una señal salía la primera cuadrilla, seleccionada por sorteo. A
una segunda señal otra cuadrilla seleccionada iba tras ellas lanzando lanzas.
La intención, bien malévola por su parte era darle un cañazo y derribar al
jinete que debería apartarse a su rincón. Así, iban de turno en turno hasta que
quedaban solo dos contrincantes y procedían a varazos entre ellos.
Os imagináis lo que
sucedía luego.
Las Cañas eran un juego medieval que todavía se practica como espectáculo.
Los premios eran mayormente honoríficos: la banda con la divisa del contrario, una gorra que hubieran derribado, un guante, … etc. Que lucirán orgullosos en los festejos siguientes y en las veladas de teatro o de canto y baile, las tabernas y donde fuera que marcharan. El perdedor se convertía en el hazmerreir general y era reflejado en versos que se colgaban de las paredes a la espera que alguien que supiese leer los narrara ante una divertida concurrencia… o no tanto, a cambio de unas perrillas que servían para acallar las tripas y sosegar el ánimo con vinos impresentables.
Otros juegos que no
siempre se hacían, eran las luminarias.
Esta era una celebración
poco frecuente pues se consideraba bastante atrevida.
Se trataba que, de noche,
al compás de alguna musiquilla, vestidos en camisa interior o de dormir (¡Jesús
que congoja!) personajes de la Corte de más o menos alcurnía, se paseaban
danzando con una tea encendida.
No debía estar mal.
Ni que decir tiene que las
camisas tanto de damas como de caballeros, se confeccionaban para la ocasión y
eran de un lujo tremendo. La nobleza se dejaba una pasta y los comerciantes de
telas de lujo se ponían las botas.
Todos iban cubiertos por
máscaras cuajadas de perlas y piedras preciosas y cadenillas de oro.
Otro gasto de narices.
Por supuesto se consumían
viandas en fiestas privadas o en plazas públicas, a veces obsequiadas por los
grandes nobles, vino de más o menos calidad, panes y, algo curioso se
distribuían ropas en puestos callejeros a nombre de parroquias o tal y cual
conde, duque y lo que fuera.
La duración de los
festejos está relacionada con lo celebrado pero no excedieron de los diez días.
Los festejos son
imprescindibles en la sociedad.
Sirven para reforzar la
identidad, relacionarse en un ambiente libre de ataduras y aliviar el stress
diario.
Todas las fiestas tienen
un esquema similar. Coinciden en que siempre se tiende a perder el control.
las distintas etnias que
habitan Madrid celebraban con los suyos y asentaban su compatibilidad.
La mayor parte de los
rasgos de personalidad social se han mantenido hasta nosotros.
Bien, hasta aquí hemos llegado.
A partir de ahora preparo
una serie sobre alimentación en la Edad Moderna en la que incluyo alguna recta
para que os animéis.
Saludos.
Bibliografía:
· biombohistorico.blogspot.com 2013
· Libros de Acuerdos del
Ayuntamiento de Madrid.
· El Madrid de los Austrias.
N. Luján.
· Organización social del
espacio en Madrid entre los siglos XV y XVII
Fiestas nupciales en el Madrid de Felipe II. Jimenez Garnica, A,





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