viernes, 19 de febrero de 2021

LA FIESTA EN EL MADRID DE LOS SIGLOS XVI Y XVII (2) UNA BUENA JUERGA LO CURA TODO.

 LA FIESTA EN EL MADRID DE LOS SIGLOS

XVI Y XVII (2)

UNA BUENA JUERGA LO CURA TODO.


Puestos callejeros con motivo de las fiestas.


En esta segunda parte explicaré los elementos utilizados en los juegos festivos y que tanto gustaban a los madrileños. He de decir que estos y aquellos eran un poco brutos en algunos casos.

En el siglo XVII, con la plaza Mayor terminada, la celebración más esperada eran los toros que se festejaban siempre el primer día a primera hora de la mañana.

Antes de tan entretenido suceso ya se habían instalado puestos de dulces, rajas de melón y sandía, buñuelos aceitosos, naranjas, gallinejas y entresijos y cualquier cosa capaz de ser devorada por la gente.

Los toros se traían habitualmente, desde Segovia.

No olvidemos que Madrid era Segovia en aquellos agitados momentos.

Se corrían alrededor de 9 animales en un ruedo de maderas bastante poco de fiar, con gradas. Los bichos esperaban en unos corrales desde la noche anterior.  Lo normal es que se instalaran en descampados, lejos de la ciudad hasta que la Pza. Mayor estuvo terminada de hecho, la primera prueba de utilidad de la plaza fue una pequeña corrida que se celebró en 1609 y que restó óptima para el asunto.

El toreo se hacía a caballo y eran los nobles de la Corte quienes lidiaban a las pobres bestias.



Los toros eran la verdadera pasión de los madrileños. el espectáculo duraba
entre las 9 de la mañana y las 8 de la tarde con varios descansos para 
limpiar los despojos. En ellos se vendían dulces y chuchería así como 
 se rifaban objetos.

Para ello juntaban una cuadrilla de un montón de individuos a pie que auxiliaran al rejoneador, ya veremos cómo. Todos iban uniformados con todo lujo a la moda, lazos incluidos, llevaban picas y antes de empezar hacían un paseíllo de lo más vistoso. Por lo que he visto, solía haber entre 4 y 6 cuadrillas que lucían una divisa que identificaba a una dama.

Veamos a continuación a uno de los lidiadores que gozó de gran fama: el Conde de Villamediana.

Don Juan de Peralta y Tassis había corrido todos en muchas ocasiones y sus faenas eran aclamadas y comentadas (como no) por los aficionados.

En cierta ocasión y como tenía por costumbre, dando la nota, tuvo la desfachatez de lucir como divisa una flor de lys en plata y azul, identificación de la Reina Isabel de borbón, que presenciaba la corrida en el palco de la Casa de la Panadería. Villamediana y sus compañeros iban decorados en azul y plata, la mar de monos para cachondeo del público y cabreo del rey Felipe IV que veía nacerle dos tiernos cuernecillos.

La cosa acabó fatal para Villamediana y los toros que acabaron en la cazuela de caldereta para común reparto.

Cuando la Corte marchó a Valladolid en 1601 la ruina de Madrid fue tal que sólo pudo celebrarse la fiesta de San Juan con muy pocos toros y rejoneadores lo que demuestra que hay que pensarse mejor las cosas.

Ya os la contaré más adelante.

Los festejos no seguían un orden pero más o menos ya se sabía lo que tocaba.

Los siguientes en gusto por la gente eran los caracoles.

¡No, no son los bichitos babosos haciendo figuritas y saltos de circo!

Lo que faltaba.

Se trataba de ejercicios de doma ecuestre ejecutados por uno, dos, tres y más caballeros que hacían las delicias de la concurrencia con cabriolas y piruetas.

El gremio de joyeros, alojados en la iglesia de San Salvador, financiaba un tablao con varias obras de teatro de pequeña escala de los mejores autores. El teatrillo se instalaba en la Puerta de Guadalajara y funcionaba solo cuando había luz.

Canciones, poesía, danza, coplas,… se desarrollaban por doquier.

Algunos nobles financiaban cerdos, corderos, pavos, … que se asaban y se repartían.

Esta práctica hacia que lo menos favorecidos pudieran comer decentemente los días que durase la fiesta. No es que valga mucho pero, en un momento histórico en que comer todos los días y suficientemente era un hecho sorprendente, comer caliente y de más o menos calidad, era en sí una fiesta.

Las clases más elevadas practicaban una dieta enloquecida, llena de grasas, dulces, vinos, guisados, … y todo lo que pudieran coger, en cantidades industriales. Las mesas de los más ricos rebosaban pollos, cerdos, faisanes, natas, cremas, bollos, arroces, … a veces hasta 15 platos diferentes de los que se elegían 4 o 5 y se comía una parte el resto pasaba de nuevo a las cocinas y se destinaba a los gajes del servicio.

En la mesa real se hacía idéntico.

De ello, gajes incluidos os hablaré más adelante.

La gente campesina consumía básicamente pan de registro que era el que le facilitaba el concejo a bajo precio y con un peso controlado.

Las fiestas suponían agregar al con sustancia.

Por lo general estos campesinos, si eran propietarios de tierras o las tenían alquiladas a señores, tomaban una comida al mediodía. Se trataba de la famosa y mal llamada “Olla podrida”.

Este nombre es una corrupción de la denominación “Olla poderida” que significa “olla poderosa” y que era un guisote con algún hueso, carne de baja calidad, nabos, garbanzos si había, y otras verduras. Se dejaban cocer en una olla de barro, toda la mañana y se tomaba el caldo con pan mojado y los tropezones de morcilla, verdura, tocina, ... etc.


Este tipo de olla se hace en toda Castilla. En León, en lugar de garbanzos
se ponen alubias.
Si quedaba algo se cenaba.

Si quedaba pan, al día siguiente se desayunaba mojado en un vino carrasposo y avinagrado pero que proporcionaba las calorías necesarias.

No todo el mundo podía permitirse tres comidas y lo normal era una sola, de pan, de olla  o de vino. Además se observaba la jerarquía alimentaria: primero comía el cabeza de familia; los segundos eran los hijos varones mayores de 8 años que podían trabajar; luego las mujeres y por último, si quedaba algo, las niñas mayores o pequeñas.

 Así que si lograban agarrar algo sin ponerse a la cola, allí que iban lanzados.

Otros juegos que les encantaba y es que eran unos burriquinos de cuidado, eran los estafermos y las cañas.

Los estafermos eran una práctica medieval que se conservaba.

Consistía como muchos sabréis, en un palo vertical de gran tamaño con otro horizontal que incluía al final, en un lado un escudo pequeño y en el otro una bola de acero. Los competidores pasaban a galope y le atizaban al escudo con una lanza y salían corriendo para que no les pegara la bola.

Este juego se reservaba a los caballeros.

El siguiente juego eran las Cañas.

También se trataba de una práctica medieval en que cuatro cuadrillas vestidas con divisas que les identificaba, se colocaban en las esquinas de un terreno cuadrado. Armados con lanzas cortas y a caballo por lo que se puede descifrar la categoría social de los jugadores, también exhibían la divisa de su dama, de una orden religiosa o de un lugar. A una señal salía la primera cuadrilla, seleccionada por sorteo. A una segunda señal otra cuadrilla seleccionada iba tras ellas lanzando lanzas. La intención, bien malévola por su parte era darle un cañazo y derribar al jinete que debería apartarse a su rincón. Así, iban de turno en turno hasta que quedaban solo dos contrincantes y procedían a varazos entre ellos.

Os imagináis lo que sucedía luego.

Las Cañas eran un juego medieval que todavía se practica  como espectáculo.

Los premios eran mayormente honoríficos: la banda con la divisa del contrario, una gorra que hubieran derribado, un guante, … etc. Que lucirán orgullosos en los festejos siguientes y en las veladas de teatro o de canto y baile, las tabernas y donde fuera que marcharan. El perdedor se convertía en el hazmerreir general y era reflejado en versos que se colgaban de las paredes a la espera que alguien que supiese leer los narrara ante una divertida concurrencia… o no tanto, a cambio de unas perrillas que servían para acallar las tripas y sosegar el ánimo con vinos impresentables.

Otros juegos que no siempre se hacían, eran las luminarias.

Esta era una celebración poco frecuente pues se consideraba bastante atrevida.

Se trataba que, de noche, al compás de alguna musiquilla, vestidos en camisa interior o de dormir (¡Jesús que congoja!) personajes de la Corte de más o menos alcurnía, se paseaban danzando con una tea encendida.

No debía estar mal.

Ni que decir tiene que las camisas tanto de damas como de caballeros, se confeccionaban para la ocasión y eran de un lujo tremendo. La nobleza se dejaba una pasta y los comerciantes de telas de lujo se ponían las botas.

Todos iban cubiertos por máscaras cuajadas de perlas y piedras preciosas y cadenillas de oro.

Otro gasto de narices.


Por supuesto se consumían viandas en fiestas privadas o en plazas públicas, a veces obsequiadas por los grandes nobles, vino de más o menos calidad, panes y, algo curioso se distribuían ropas en puestos callejeros a nombre de parroquias o tal y cual conde, duque y lo que fuera.

La duración de los festejos está relacionada con lo celebrado pero no excedieron de los diez días.

Los festejos son imprescindibles en la sociedad.

Sirven para reforzar la identidad, relacionarse en un ambiente libre de ataduras y aliviar el stress diario.

Todas las fiestas tienen un esquema similar. Coinciden en que siempre se tiende a perder el control.

las distintas etnias que habitan Madrid celebraban con los suyos y asentaban su compatibilidad.

La mayor parte de los rasgos de personalidad social se han mantenido hasta nosotros.

Bien, hasta aquí hemos llegado.

A partir de ahora preparo una serie sobre alimentación en la Edad Moderna en la que incluyo alguna recta para que os animéis.

Saludos.

 

 

 

 

 

 

 

Bibliografía:

·       biombohistorico.blogspot.com  2013

·       Libros de Acuerdos del Ayuntamiento de Madrid.

·       El Madrid de los Austrias. N. Luján.

·       Organización social del espacio en Madrid entre los siglos XV y XVII

Fiestas nupciales en el Madrid de Felipe II. Jimenez Garnica, A,









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