LA FIESTA EN MADRID
DURANTE
LOS SIGLOS XVI Y
XVII. (1)
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La celebración en Madrid,
como en otros sitios, era inseparable de la comida, la bebida, el baile y los
juegos.
Existían fiestas privadas,
públicas y religiosas.
La Villa se apresuró a
celebrar todo aquello que era celebrable. Para ello todas las categorías
sociales apartaban cantidades para las celebraciones.
LAS FIESTAS RELIGIOSAS Y/O CIVILES.
La Corona aportó grandes
cantidades para los festejos
También pagó los toros que se traían desde Segovia solo para la lidia y costaban carísimos.
El gremio de plateros
levantó un escenario en donde estuvo la fenecida Puerta alcarreña desde donde
se entonaron loas a los distintos candidatos a titular religioso.
Los nobles con más alcurnia
proveyeron de cerdos, corderos y vacas con lo que se hicieron grandes asados
que se obsequiaban a la gente.
Se entregó la flor natural
a la mejor loa a un santo a la que se presentaron Lope de Vega, Tirso y todos los poetas locales que dieron
recitales en los distintos tabladillos que se instalaron en las calles de la Villa.
Los dramaturgos compusieron obritas en honor
al santo elegido y se pusieron en escena pagadas por filantrópicos comerciantes,
entre otros los del gremio de pañeros.
Aquí acaban los finalistas
que fueron tres como en Masterchef.
Las celebraciones por la
elección del santo patrón madrileño estuvieron a caballo entre lo religioso y
los mundano.
Cuando
Felipe II, en 1580, se hace, muy a su pesar, con el reino de Portugal, tras la
muerte de su sobrino el rey Sebastián[1]
se realizó una celebración, después de ordenado el desastre portugués algunos
años después.
Hubo
comilonas, bailes, reparto de botijillos[2],
dulces, asados, bailes, juegos de cañas, de estafermos, panes, luminarias y
fuegos artificiales y cualquier cosa que se pueda ocurrir,
Los
comerciantes echaron el resto y decoraron las calles como la de la Platería, la
Puerta de Guadalajara, la Plaza de la Villa, … y todo lo que hubiese menester.
La gente
bailo y cantó disfrazada en lo que para el pueblo era la unión (deseada por
muchos) de los reinos de Portugal y España.
El resultado
de los dichos fuegos es que uno bien grande cayó sobre la Puerta de Guadalajara
y su recién inaugurada reforma, reloj incluido.
Esta salió
ardiendo por los cuatro costados siendo el final de la pobre puerta, tan
fastuosa ella y tan arregladita por Covarrubias.
Pero no
creáis que Felipe II se enfadó por haberle destrozado la pompa de la Villa y
Corte pues era la mejor entrada al Madrid barroco. Le pareció estupendo porque
“era de gran estorbo para las carretas y los coches” de manera que, se limpio
el solar y aquí paz y después gloria.
Lo cierto es
que dentro de la Puerta, los espacios que se habían destinado a las
guarniciones se había destinado a tiendas que el concejo explotaba en alquiler.
Todo eso se
perdió para ruina de los arrendatarios y merma del Ayuntamiento.
[1] La
explicación a tan tremebunda historia la encontraréis más abajo en la batalla
de Alcazarquivir.
[2] Los
botijillos eran recipientes de barro en forma botellita pequeña, que se
repartían entre las damas. Contenían refrescos como la hidromiel, mezcla de agua
y miel con hielo y cascarillas de naranja o limón.


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