Al terminar el ciego su
pequeña obra, la niña, con cara de aburrimiento, pasó una escudilla mugrienta
entre el personal reunido. Las monedas, aunque de a ochavo lo más, llenaban el
cuenco a rebosar. Más la gente no se iba, pidiendo otro relato, más sangriento
y truculento a ser posible.
El ciego cambió del cartelón
para acometer la historia de la "Princesa Tamar", cuyo hermano violó
en el propio castillo de Granada.
Mientras esto sucedía, los
buhoneros abrevaban los mulos en la fuente de múltiples caños mientras
tonteaban con las mozas que allí cargaban sus cántaros de agua.
Menducci entrevió a Juan
Pérez, la razón de su estancia en la plaza del mercado.
adquirir los bienes que necesitaban para su día a día.
Algunas mañanas bajaba al puesto del frutero para encargar lo que debía llevarse un criado por la tarde.
Juan Pérez y Gregoria García
eran sus proveedores habituales.
Aquel, al ver a Menducci,
frunció el ceño.
- Me alegro de veros, mi
señor italiano. ¿¡Venís a pagar!? - Dijo rudamente el campesino. Piettro fingió
sorpresa y rebuscando en su adquirido acento italiano, tan pronto calabrés como
romano o siciliano, exclamó:
- ¡Sois impaciente, Maese
Giovanni Pérez! Yo siempre pago mis deudas con creces.
En este preciso instante,
como una bala de cañón, entró la Gregoria en escena. Mucho menos educada que su
escaso marido, profirió con voz vulgar y chillona.
- Mese Mandurri, - Su
italiano era bastante imperfecto. - Nos debéis novecientos reales en género;
eso no se lo come mi familia en todo un año ¡Debéis empezar a pagar!
Esta vez Piettro no pudo
disimular su sorpresa: ¡ novecientos reales! ¿Cómo Podía haberse excedido
tanto?
- ¡Santa Madonna! ¡¿Cómo
osáis recordarme...?! ¡A un "cavaliero" no se le inquieta por
minucias!
- ¡Claro, así evitáis morir
del susto! - Refunfuñó Gregoria, dando una tremenda palmada con sus manazas de
campesina.
- Pagadnos, Señor: estáis
viviendo a costa nuestra. - Concluyó Pérez mucho más comedido.
Por efecto del griterío se
había formado un cierto revuelo, creciendo un corrillo que serviría, sin duda,
para alegrar la monótona mañana de mercado.

Inmediatamente se hicieron
dos bandos: uno a favor de la Gregoria cuyo vocerío arremolinó un nutrido grupo
de laboriosas mujeres que se mostraban claramente hostiles al veneciano.
El otro bando integrado por
los tenderos vecinos, más reducido y de menor violencia, coreaba las
aseveraciones de su marido.
La representación a favor de
Piettro era prácticamente inexistente.
Juan Pérez sabía poco de
exquisiteces y de modales. Llamaba a las cosas por su nombre, aunque no lo
hacía tan contundentemente como su mujer.
Ya había aguantado bastante
y deseaba arreglar el problema de la forma menos violenta posible.
Subieron volúmenes y
ademanes, acudiendo más y más gente al escándalo. Incluso algunos, procedentes
de otras calles, se apresuraban por las aledañas decididos a no perder ripio de
lo que allí se fraguaba.
En unos minutos se juntaron
alrededor de cien personas a pie, a caballo, en mula o en carro.
El diminuto esclavo Matías
corrió a protegerse lo mejor que pudo ante la terrible barahúnda que se le
venía encima.
Encogido tras su amo,
tiritaba de espanto con sobrada razón, sumergido en una marejada que no
comprendía y que mantenían una actitud amenazante.
- ¡Los hombres como vos nos
arruináis! - Chilló una botonera que se dirigía a su trabajo en una bocacalle
del Camino del Arenal.
Se oyeron todo tipo de
opiniones parecidas, entre los reunidos: aguadores, panaderas, verduleros,
pedigüeños, ladronzuelos, chismosos, comadres y criados, estos últimos más
recatados, no formaban un grupo homogéneo de opinión, dando según fuera el
caso, su parecer acerca de uno o de otro bando.
La cosa se estaba poniendo
fea por minutos y la exasperación crecía a cada momento.
Se enarbolaron palos,
cuencos, jofainas y hasta una mujer, presa de la excitación, alzó un niño de
pecho en ademán que, más pareciera fuese a arrojarlo contra el acorralado
Menducci.
Matías sintió llegada su
hora; se cercioró como pudo de que en uno u otro instante, aquella maraña de
seres gigantes, pálidos, horrorosos y enloquecidos, se liarían a bastonazos,
muriendo él sin conocer la causa.
De un ágil salto se escurrió
bajo el carretón de Pérez, a cubierto de la multitud que se alborotaba más y
más y más.
Desde su refugio, Matías
sólo veía piernas y pies, apretados y nerviosos, que aumentaban, si eso era
posible, su indefensión.
Le pareció que iba a
estallar y unas enormes ganas de orinar se apoderaron de todo su ser. Quería
salir corriendo pero no podía.
Cerró los inmensos ojos
negros e imaginó que estaba de nuevo en su tierra, escuchando a la caída del
Sol, las historias de los mayores e imitando a los animales cotidianos. De
repente algo calló sobre su cabeza, algo no precisamente duro y que no dañó al
chiquillo.
del productor por eso solían hacerlo las esposas o sus hijos si ellos no podían.
A estos revendedores se les conocía como regatones y si los pillaban
les multaban.
Se llevó la mano a la cabeza y notó como se sumergía en una papilla viscosa perteneciente a una, en otras épocas, lechuga verde y lozana y, hoy, bazofia podrida.
La cabecita del bosquimano
tomó un pringoso color verdeboñiga.
La terrible Gregoria bramó
con el más rotundo de los tonos de voz que se pueden oír:
- ¡Vergüenza debiera daros!
¡Pagad de una vez!
El color negro de Matías
mudó a gris, de pura palidez.
- ¡¡Vagüüüéé!! - Exclamó,
gimió, lloró e imploró de pánico.
Al oír tan extraña palabra
el gentío enmudeció, volviendo sus caras hacia el negrito, que permanecía bajo
el carromato, mucho más asustado que antaño.
La multitud quedó
completamente al revés, es decir, las cabezas hacia abajo y las nalgas hacia
arriba, formando una cordillera ondulante de traseros con variadas vestiduras
en la superficie y un bosque de caras embobadas en la profundidad, contemplando
a Matías que, con la boca extremadamente abierta, dejaba caer lágrimas por su
oscura carita, como ríos desbordados.
En medio de un mar de gestos
observantes y de un silencio poco tranquilizador se dejó oír un manar de líquido,
como si de una fuente se tratase, hasta que todos comprobaron cierta humedad
caliente bajo sus pies.
Como por un mecanismo de
resorte y de un salto la multitud recuperó la postura lógica, intentando
recular lo más posible para huir del manantial que el miedo del esclavito
dejaba brotar.
Matías cayó de espaldas,
desmayado bajo la carreta de verduras.
Piettro podía haber escapado
pero dos amigos de lo ajeno que estaba haciendo la mejor bolsa de su vida se lo
impidieron egoístamente deseosos de que continuara el tumulto, no dispuestos a
perder tan suculenta oportunidad.
Fragmento
de “De los hechos que rodearon la
increíble
vida de Piettro Menducci”.
Texto
Carmen Porras Pasamontes.

No hay comentarios:
Publicar un comentario