martes, 30 de marzo de 2021

Fragmento: Se los hechos que rodearon la increible vida de Piettro Menducci".

 


Al terminar el ciego su pequeña obra, la niña, con cara de aburrimiento, pasó una escudilla mugrienta entre el personal reunido. Las monedas, aunque de a ochavo lo más, llenaban el cuenco a rebosar. Más la gente no se iba, pidiendo otro relato, más sangriento y truculento a ser posible.

El ciego cambió del cartelón para acometer la historia de la "Princesa Tamar", cuyo hermano violó en el propio castillo de Granada.

Mientras esto sucedía, los buhoneros abrevaban los mulos en la fuente de múltiples caños mientras tonteaban con las mozas que allí cargaban sus cántaros de agua.

Menducci entrevió a Juan Pérez, la razón de su estancia en la plaza del mercado.


Desde temprano los caballeros con negocios se acercaban a los puestos del mercado para 

adquirir los bienes que necesitaban para su día a día.


Algunas mañanas bajaba al puesto del frutero para encargar lo que debía llevarse un criado por la tarde.

Juan Pérez y Gregoria García eran sus proveedores habituales.

Aquel, al ver a Menducci, frunció el ceño.

- Me alegro de veros, mi señor italiano. ¿¡Venís a pagar!? - Dijo rudamente el campesino. Piettro fingió sorpresa y rebuscando en su adquirido acento italiano, tan pronto calabrés como romano o siciliano, exclamó:

- ¡Sois impaciente, Maese Giovanni Pérez! Yo siempre pago mis deudas con creces.

En este preciso instante, como una bala de cañón, entró la Gregoria en escena. Mucho menos educada que su escaso marido, profirió con voz vulgar y chillona.

- Mese Mandurri, - Su italiano era bastante imperfecto. - Nos debéis novecientos reales en género; eso no se lo come mi familia en todo un año ¡Debéis empezar a pagar!

Esta vez Piettro no pudo disimular su sorpresa: ¡ novecientos reales! ¿Cómo Podía haberse excedido tanto?

- ¡Santa Madonna! ¡¿Cómo osáis recordarme...?! ¡A un "cavaliero" no se le inquieta por minucias!

- ¡Claro, así evitáis morir del susto! - Refunfuñó Gregoria, dando una tremenda palmada con sus manazas de campesina.

- Pagadnos, Señor: estáis viviendo a costa nuestra. - Concluyó Pérez mucho más comedido.

Por efecto del griterío se había formado un cierto revuelo, creciendo un corrillo que serviría, sin duda, para alegrar la monótona mañana de mercado.

Los mercados bullían de vida.

 Imagen del de la Plaza de la Puerta del Sol.

Inmediatamente se hicieron dos bandos: uno a favor de la Gregoria cuyo vocerío arremolinó un nutrido grupo de laboriosas mujeres que se mostraban claramente hostiles al veneciano.

El otro bando integrado por los tenderos vecinos, más reducido y de menor violencia, coreaba las aseveraciones de su marido.

La representación a favor de Piettro era prácticamente inexistente.

Juan Pérez sabía poco de exquisiteces y de modales. Llamaba a las cosas por su nombre, aunque no lo hacía tan contundentemente como su mujer.

Ya había aguantado bastante y deseaba arreglar el problema de la forma menos violenta posible.

Subieron volúmenes y ademanes, acudiendo más y más gente al escándalo. Incluso algunos, procedentes de otras calles, se apresuraban por las aledañas decididos a no perder ripio de lo que allí se fraguaba.

En unos minutos se juntaron alrededor de cien personas a pie, a caballo, en mula o en carro.

El diminuto esclavo Matías corrió a protegerse lo mejor que pudo ante la terrible barahúnda que se le venía encima.

Encogido tras su amo, tiritaba de espanto con sobrada razón, sumergido en una marejada que no comprendía y que mantenían una actitud amenazante.

- ¡Los hombres como vos nos arruináis! - Chilló una botonera que se dirigía a su trabajo en una bocacalle del Camino del Arenal.

Se oyeron todo tipo de opiniones parecidas, entre los reunidos: aguadores, panaderas, verduleros, pedigüeños, ladronzuelos, chismosos, comadres y criados, estos últimos más recatados, no formaban un grupo homogéneo de opinión, dando según fuera el caso, su parecer acerca de uno o de otro bando.

La cosa se estaba poniendo fea por minutos y la exasperación crecía a cada momento.

Se enarbolaron palos, cuencos, jofainas y hasta una mujer, presa de la excitación, alzó un niño de pecho en ademán que, más pareciera fuese a arrojarlo contra el acorralado Menducci.

Matías sintió llegada su hora; se cercioró como pudo de que en uno u otro instante, aquella maraña de seres gigantes, pálidos, horrorosos y enloquecidos, se liarían a bastonazos, muriendo él sin conocer la causa.

De un ágil salto se escurrió bajo el carretón de Pérez, a cubierto de la multitud que se alborotaba más y más y más.

Desde su refugio, Matías sólo veía piernas y pies, apretados y nerviosos, que aumentaban, si eso era posible, su indefensión.

Le pareció que iba a estallar y unas enormes ganas de orinar se apoderaron de todo su ser. Quería salir corriendo pero no podía.

Cerró los inmensos ojos negros e imaginó que estaba de nuevo en su tierra, escuchando a la caída del Sol, las historias de los mayores e imitando a los animales cotidianos. De repente algo calló sobre su cabeza, algo no precisamente duro y que no dañó al chiquillo.


El concejo madrileño prohibía la venta por otras personas que no fueran familiares

del productor  por eso solían hacerlo las esposas o sus hijos si ellos no podían.

A estos revendedores se les conocía como regatones y si los pillaban 

les multaban.

Se llevó la mano a la cabeza y notó como se sumergía en una papilla viscosa perteneciente a una, en otras épocas, lechuga verde y lozana y, hoy, bazofia podrida.

La cabecita del bosquimano tomó un pringoso color verdeboñiga.

La terrible Gregoria bramó con el más rotundo de los tonos de voz que se pueden oír:

- ¡Vergüenza debiera daros! ¡Pagad de una vez!

El color negro de Matías mudó a gris, de pura palidez.

- ¡¡Vagüüüéé!! - Exclamó, gimió, lloró e imploró de pánico.

Al oír tan extraña palabra el gentío enmudeció, volviendo sus caras hacia el negrito, que permanecía bajo el carromato, mucho más asustado que antaño.

La multitud quedó completamente al revés, es decir, las cabezas hacia abajo y las nalgas hacia arriba, formando una cordillera ondulante de traseros con variadas vestiduras en la superficie y un bosque de caras embobadas en la profundidad, contemplando a Matías que, con la boca extremadamente abierta, dejaba caer lágrimas por su oscura carita, como ríos desbordados.

En medio de un mar de gestos observantes y de un silencio poco tranquilizador se dejó oír un manar de líquido, como si de una fuente se tratase, hasta que todos comprobaron cierta humedad caliente bajo sus pies.

Como por un mecanismo de resorte y de un salto la multitud recuperó la postura lógica, intentando recular lo más posible para huir del manantial que el miedo del esclavito dejaba brotar.

Matías cayó de espaldas, desmayado bajo la carreta de verduras.

Piettro podía haber escapado pero dos amigos de lo ajeno que estaba haciendo la mejor bolsa de su vida se lo impidieron egoístamente deseosos de que continuara el tumulto, no dispuestos a perder tan suculenta oportunidad.

 

 

Fragmento de “De los hechos que rodearon la

increíble vida de Piettro Menducci”.

Texto Carmen Porras Pasamontes.


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