martes, 25 de mayo de 2021

¿A QUE HUELE MADRID?

¿A QUE HUELE MADRID?

AGUA E HIGIENE EN EL MADRID 

DEL SIGLO DE ORO.


 I.    El agua bien gestionada.

 Por lo general, y más todavía, las ciudades en la Edad Moderna eran verdaderas cenagales de suciedad y malos olores donde los cerdos se paseaban, las cabras saltaban alborozadas y el grito “¡Agua va!” se oía por todas partes.

Desde los primeros momentos tras la conquista de Mayrit por Alfonso VI en 1083/5 se insistió en la necesidad de mantener limpias las calles para evitar miasmas.

Ya en el Fuero Viejo de 1202 se insistía en “…no arrojar estiércol[1] a las calles y los cauces bajo multa.”

Tal fue la impresión que esta proclama causó que se hizo necesario repetir una y mil veces el requerimiento con un relativo efecto.

Solo los cerdos, las cabras y las gallinas se sentían felices de tanto desperdicio.

Pasaron los años y siguieron haciendo oídos sordos al ayuntamiento que padecía lo suyo.

Para controlar estos problemas, el Ayuntamiento puso en marcha en 1590 la Junta de Policía y Ornato (o más apropiado la “Junta de Pulicia y Ornato) aunque a trancas y barrancas, siendo los esfuerzos concejiles notables y superiores a los resultados.

Aún así el concejo no cejó.

Esta Junta dependía de la Sala de Alcaldes[2] de Casa y Corte-

Entre los siglos XVI y XVII, el concejo madrileño puso especial énfasis en la gestión del agua, tanto en abastecimiento como en calidad y cantidad.

Es un objeto primordial y tanto su cuidado como su economía siguen estando vigentes.

El agua de los pozos y de las minas, esta última destinada al riego por lo general, era la mejor. 



De todas ellas la de la fuente del Berro, procedente del Abroñigal de Arriba era la preferible. 

Los pozos se cavaban en la ciudad o su cercanía mientras que las cárcavas[3] traían el líquido, canalizandolas en función a las antiguas facturas musulmanas, y toda su área de influencia era zona bien provista de arroyos, ríos y lagunas lo que la convirtió en un lugar muy deseable donde abundaba la caza y el agua.

El arroyo en donde se extrajo agua para todos los usos en los primeros tiempos medievales fue el de San Pedro que nacía en la Puerta Cerrada, junto a la iglesia del mismo nombre. Allí se lavaba ropa, se recogía para consumo propio o para los aguadores que, posteriormente, la vendían por las casas. También, más abajo, casi a la altura del Pozacho (puente de Segovia) donde estaba la morería, se lavaban las tripas del ganado sacrificado que servían para embuchar la carne adobada destinada al consumo ciudadano.

Este barranco ya se conocía en tiempos de Alfonso X el Sabio (1221-1284).

No se trataba de un tímido arroyuelo sino que, con frecuencia, bajaba muy cargado y turbulento e inundaba las proximidades.

Una vez desecado el arroyo el cauce para urbanizar la zona en el siglo XVI, pasó a denominarse C/ Nueva y poco más tarde, C/ de Segovia.

En el período bajo medieval la gestión, bastante cuidadosa de este bien tan preciado, cuestión de Estado por otra parte, la efectuaba el concejo.

Avanzando el tiempo, con el crecimiento ciudadano que se inicia en el siglo XV y la posterior llegada de la Corte hay que desarrollar un sistema nuevo tanto para la captación como el saneamiento y distribución del líquido elemento que sea efectivo pues el viejo, procedente de los pobladores musulmanes, había dejado de serlo.

Tomando como referencia el sistema anterior, se realizó su mejora y ampliación, realizándose un gasto por parte del Ayuntamiento, enorme que dejó preparada la Villa por poco tiempo, eso sí.

Solo se limpiaban los mercados cuando se realizaban, barriéndolos exhaustivamente y baldeando agua una vez al mes (¡¡Vaya: se acabó la miseria: un duro pa´todos!!).

Entre tanto los marranos hozaban alegremente en los acúmulos de desperdicios que, tanto en las plazas como en las calles, se acumulaban sin ningún problema, a pesar de la prohibición de soltar por la calle a los aludidos cochinos, repetidamente manifestada por el concejo que no hacía mas que sufrir y sufrir ante la indisciplina de sus administrados que arrojaban sus mugres allá en que les placía.

No es de extrañar que las ratas y otras sabandijas, se complacieran por todas partes, aguijando, mordiendo, olisqueando, orinando, defecando y apestando la pobre Villa.

Solo cuando se realizaba una visita distinguida se procedía una limpieza sistémica.

Todas las veces que los Reyes Isabel y Fernando se hospedaron en la ciudad, esta se adecento con adoquinados  limpiezas y preciosidades varias.

En 1617 se crea la Junta de Fuentes que se encargará del cuidado de las mismas y de la distribución del agua.

Por estas fechas se construyen los viajes[4] de la Castellana y del Bajo Abroñigal (paseo del Prado).

Estos viajes se alquilaron a particulares para su gestión de 3 modos básicos: a censo, a gracia[5] o en venta. (ósea, que estaban privatizados)

Existieron cinco tipos de explotación del agua:

 

1. Fuentes públicas

2. Fuentes arrendadas

3. Fuentes para venta Real

4. Fuentes por compensación por acceso a la mina desde una propiedad

5. Fuentes en edificios de “propios”[6] y aquellos particulares de se determinase.

Los viajes son construcciones subterráneas que, partiendo de una galería, pozo, laguna o río, llevaban el agua por las calles de la ciudad, depurando las aguas por medio de la decantación. 


Viaje de agua de Amaniel. Tomaba el líquido en 
la Dehesa de Amaniel, hoy Dehesa de la Villa. 
Surtía a palacio exclusivamente.
Felipe II lo mandó construir siguiendo
las técnicas y trazados de los antiguos 
musulmanes.

Esta consistía en hacer que permanecieran los líquidos en balsas o pozos para que las impurezas se depositaran en el fondo.

El producto obtenido por este procedimiento resultaba de bastante calidad.

La mayoría de las impurezas se eliminaban pero los huevos y las larvas no por lo que la gente hervía el agua antes de consumirla en la creencia de que así, morirían como sucedía de verdad.

En las fuentes, los aguadores, también contratados por el concejo por el sistema de Obligado[7], cargaban sus carros con vasijas llenas y la distribuían. Si se terminaba el líquido, recurrían a otras fuentes asignadas.

Una carga de agua para todo un día equivalía a 4 cántaros de 2,5 litros y medio que llevaban los aguadores a las casas en carros de mulas por las mañanas. 


El agua doméstica se utilizaba para cocinar y 
beber, rara vez lavarse.

Con esa cantidad debía bastar para toda una familia.

El precio terminó por regularse para evitar los vaivenes, en 1620.

Un caño en una pared de un patio para compartir, era infrecuente y sólo a fines del XVII un 5´5% de las casas tenían fuentes.

Algunas casas, ya fuera con permiso o 

de estraperlo, tenían una pila de agua de boca

Bien entrado el siglo XVII el agua se cogía en el Manzanares pero si se descubría un acuífero este se aprovechaba y se dosificaba junto a la anterior, mediante una red de viajes menores que circulaba por toda la ciudad y por medio de norias, la subían hasta las fuentes en superficie.

El agua se distribuía de acuerdo a las necesidad pero imperaba un mal generalizado: el enchufeteo que afectaba grandemente a las capas más bajas.

Palacios de nobles, conventos de postín, casas de funcionarios, talleres y tiendas de productos de lujo, …. Obtenían permisos para para instalar dentro de sus patios caños o fuentes a condición de que fuera solo de uso personal.

Esto no era así casi nunca.

Estas aguas servían a varios buhoneros que negociaban con ellas a alto precio pues resultaban mejores que las de las fuentes públicas.

Los conventos de medio pelo se proveían, generalmente, de las fuentes públicas pero no era infrecuente que hiciesen negocio con el liquido, arrendando a varios aguadores la recogida y transporte a lugares que ellas ya habían pactado. 


las norias de gran tamaño subían el agua desde los 
algibes a las fuentes en superficie.

Los hospitales, muy abundantes, podían disponer de agua propia por sus necesidades especiales.

Y es que las previsiones concejiles jamás fueron suficientes pues la Villa crecía y crecía y nunca terminaban de estar servidas las necesidades.

 II.     La higiene ¡Ay, ay a correr que nos coge!

 Las aguas no potables se destinaban a la limpieza doméstica o de las calles, bien por rastrilladas o por baldeo, y a los lavaderos de ropa. Unos se localizaban en el río desde el Siglo XVI. Otros se construyeron de manera estratégica por toda la villa a medida que esta iba creciendo.

Para asear la ropa se utilizaba el liquido caliente resultante de cocer las cenizas bien de los hornos del pan y otras masas como de quemar restos y que se compraban en la C/ del Cenicero. En ellas se remojaban las prendas y quedaban blanqueadas. Para la higiene de la casa, mayormente escasa, se mezclaban con sosa caustica en pequeñas proporciones. Para el lavado corporal se les añadía grasa y resultaba una crema que se untaba y luego se retiraba con agua. Tampoco era raro añadirle algo de orina y luego aclarar.

Durante el medievo casi todas las casas contaban con patio y cuadra con lo que se podía hacer un agujero y enterrar allí los sobrantes digestivos pero, tras la llegada de la Corte con Felipe II, estos patios se destruyeron en gran medida para construir edificios de varias plantas capaces de albergar el gentío que acompañaba al servicio Real o a la administración del Ayuntamiento o a los servidumbres diarias: talleres, tiendas, tabernas, mesones, … etc., todo ello lleno a reventar durante el día, precisaban agua por lo que se hizo necesario extender la red de transporte y fabricar un rudimentario alcantarillado “capaz” De evacuar las aguas y los desperdicios de la actividad humana.

Con anterioridad a la llegada de la Corte en 1561 y la instauración de  estas medidas higiénicas, las casas contaban con orinales para el alivio de sus moradores.

Una vez usado el susodicho, el contenido se descargaba en un bacín y se tapaba el recipiente para evitar el olor.

A final del día, en una hora prefijada por el Ayuntamiento, se vaciaban estos recipientes al grito de “¡Agua va!”





El concejo se desesperaba e imponía multas que eran desoídas constantemente así que recurrió a obligar a los moradores de los edificios a limpiar su pedazo de calle o plaza bajo pena de cárcel o multa o ambas a la vez.

Tampoco funcionó mucho pero algo se hizo.

Felipe II ordenó que se fabricaran letrinas con fosas sépticas en dichas casas de vecinos.

Estos sumideros se conectaban lo más aisladamente a las que se arrojaba agua desechable para que corrieran las bazofias orgánicas.

Pero los excusados y las alcantarillas tenían un problema: su limpieza y mantenimiento que debía acometerse por los usuarios. 

Como el madrileño medio resultaba bastante marrano y, además sentía (y siente) desinterés por lo público, este mantenimiento raras veces se llevaba a cabo por lo que se esperaba a la colmatación de las fosas y luego se tapiaban y se volvía al orinal.


Este método resultaba un enorme problema pues los pozos a veces rezumaban y olían tremendamente o se agrietaban y las aguas fecales corrían libres y alborozadas por las calles y plazas, dejando sus recaditos en todas partes.

La Villa siguió apestando día y noche.

En tiempos de Felipe IV ya no se construían fosas sépticas.

El madrileño medio era, por lo general, un gorrinazo a más no poder, no sólo en una cuestión física propia sino con respecto a todo lo que le rodeaba.

Cuentan las crónicas de los viajeros que llegaban a Madrid que los vecinos orinaban en cualquier sitio, tiraban los desperdicios a las calles y consideraban que el aseo era malo pues afeminaba a los hombres y a las mujeres las convertía en deshonestas ya  que debía frotarse el cuerpo desnudo y en algunos casos, les perfumaban y esto era señal de falta de decoro.

Por otro lado lo consideraban propio de judíos pues se lavaban en shabbat y podían incurrir en herejía.

No es de extrañar que las infecciones corrieran a sus anchas por todos los cuerpos y matasen a los que pillaban.

Después de visto este repaso antihigiénico y algo asquerosete, terminaré, dejando otra parte para posteriores entradas.





Espero que no os haya revuelto mucho.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

·       Bibliografía:

 

  1. 1. Antonio Herrero García. Las fuentes de Madrid en tiempos anteriores a Felipe II. RBAM 22 (1929)
  2.  
  3. 2. Antonio Herrero García. Las fuentes de Madrid en tiempos anteriores a Felipe II. RBAM 28 (1930)
  4.  
  5. 3. Arbitrismo, población e higiene en el abastecimiento hídrico.Fernando Arroyo Illera. UAM. AGE. (2004).
  6. 4. Libros de Acuerdos Tomo 5. Memoria de Madrid. Ayto de Madrid.
  7.  
  8. 5. Las fuentes históricas de Madrid. Comunidad de Madrid.
  9.  
  10. 6. Historia del Viaje de agua de Amaniel.
  11.  
  12. 7. Viaje de agua de Leganitos.
  13.  
  14. 8. La suciedad en las calles de Madrid. Jiménez Rayado, E. y otros. Asoc. Cult. La Almudaina.
  15.  
  16. 9. El abastecimiento de agua. P. E. Martínez Alfonso. ANALES 1978 Nº XIV.
  17.  
  18. 10.        La Sala de Alcaldes de Casa y Corte. C. Guardia Herreros. Valladolid 1994.



[1] Estiércol alude a desperdicios en general.

[2] Alcalde es un vocablo musulmán que significa “juez”. Estos se reunían a diario.

[3] Cárcava es una zanja que se hace de manera natural o se excava por el ser humano.

[4] Los viajes de agua eran las canalización que distribuían a las fuentes y las huertas.

[5] A gracia era un servicio a domicilio contratado de manera permanente para determinados usuarios. Debían ser nobles y tener permiso (gracia) del Ayuntamiento. Los fontaneros hacían llegar un canal a una zona concreta de la casa, normalmente un patio interior y allí la administraban los criados. No podía comerciarse con ella, aunque lo hacían. Los no pudieron tener estos servicios hasta tiempo después.

[6] De Propios eran los bienes a nombre del Concejo para el uso del común: edificios, tierras, fuentes bosques. Prados, …

[7] Los obligados eran particulares que, mediante concurso público, accedían a la gestión de un bien básico y se comprometían por un tiempo a su mantenimiento y gestión para lo que contrataban distinto personal. En el caso de los aguadores se hizo por los llamados “cuarteles” o barrios.







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